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Con la llegada del verano y las vacaciones, comienza la temporada de los grandes festivales de música en nuestro hemisferio. Arranca una masiva peregrinación de jóvenes, y no tan jóvenes, a las ciudades y pueblos donde se celebran, los que se han convertido ya, en los grandes eventos sociales y culturales de la temporada estival.

Tanto los promotores de estos eventos como los responsables de los ayuntamientos, están constatando año tras año, con independencia de la participación de unos u otros artistas en concreto, o la influencia de la crisis económica, que la afluencia a estos festivales temáticos sigue siendo masiva y fiel.

Y es que las cifras de asistencia de público de la última edición son apabullantes: Arenal Soud, con una evolución imparable desde su creación en 2010, congregó en el pequeño pueblo de Burriana a 45.000 asistentes diarios, el FiB registró 160.000, e incluso el Sónar de Barcelona, dirigido hacia un público objetivo más reducido por su oferta enfocada hacia la música más experimental, fue capaz de congregar a cerca de 100.000 amantes de la electrónica.

Aunque estos festivales suponen un desembolso económico importante en el presupuesto estival de gran cantidad del público que asiste, y más en los tiempos que corren en los que el paro juvenil en España supera el 50% en algunas provincias, la afluencia a los festivales con mayor renombre no ha dejado de crecer, y esto es en gran medida debido al esfuerzo por parte de los organizadores en generar una imagen de marca que convenza y fidelice a los amantes de estos grandes eventos, de tal manera que el “boca a oreja” funcione como la campańa de comunicación más efectiva posible.

La fórmula debe de contener los siguientes elementos: un pueblo o ciudad acogedora con un buen recinto de acampada y actividades paralelas o alternativas a las propiamente musicales, una oferta artística amplia pero centrada en un género musical, varios artistas cabezas de cartel que por sí mismos sean capaces de atraer a gran cantidad de seguidores y una buena campaña de comunicación para poner en valor y mostrar todo lo anterior al público objetivo.

En el estado español son varias las ciudades y pueblos que han asociado su nombre a la marca de un festival musical con distintas fórmulas de notable éxito, desde el Sónar de Barcelona, o el Festival Internacional de Benicàssim (FiB), ambos con casi 20 años de recorrido, y que se han convertido en referentes europeos en sus respectivos géneros, hasta el Arenal Sound, que se celebró por primera vez en 2010 en Burriana (Castellón), pero que ya ha situado a este pequeño pueblo de 35.000 habitantes, en el GPS de los aficionados a los grandes conciertos de pop-rock.

Según el lugar de celebración de estos macro festivales, las estrategias de los promotores para la generación de marca asociada al lugar son diferentes. Así por ejemplo, el Sónar ha convertido a la ciudad de Barcelona en la meca de los seguidores del arte y la música electrónica experimental y de vanguardia durante el fin de semana largo de junio en que se celebra. En el caso del festival catalán las actuaciones se desarrollan en el centro de la ciudad, aprovechando la gran cantidad de infraestructuras culturales como museos, ferias de congresos, e incluso las plazas y calles del centro histórico para ofrecer al público asistente escenarios atractivos que despierten sensaciones positivas que lo inviten a disfrutar y repetir la experiencia en años sucesivos.

En el caso de los festivales más playeros, como los de la costa valenciana, y otros que no cuentan con la oferta cultural y de infraestructuras de Barcelona, la generación de marca se centra más en las características orográficas o climáticas de la ciudad o pueblo asociado, siendo el “gancho” principal (aparte de las actuaciones de los artistas, claro está) el entorno y los escenarios asociados al festival como son las playas y los lugares de acampada habilitados para los asistentes. En este tipo de festivales, la posibilidad de acampada se suele prolongar varios días respecto a la duración de los conciertos, como forma de atraer al público más joven y poder disfrutar del entorno por algo más de tiempo.

Los responsables culturales y económicos de los ayuntamientos de las poblaciones donde se celebran estos eventos, están convencidos de los beneficios de asociar la identidad y marca de su ciudad a estos macro festivales, debido a la atracción e impulso turístico que ello supone, no sólo por el hecho de reunir a gran cantidad de visitantes en un corto período  de tiempo, con el beneficio a corto plazo que eso supone,si no por todo el “ruido” mediático y social durante todo el año que implica, y que sitúa en el mapa lugares tan desconocidos hasta hace poco, como Burriana (Arenal Sound en Castellón), Villarrobledo (Viña Rock en Albacete) o Fraga (Monegros Desert Festival en Huesca).